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Ante esta pregunta, hay tantas respuestas como personas, porque es totalmente subjetivo. Depende de nuestra idea de alimentación, de nuestra cultura alimentaria, de nuestros hábitos cotidianos. No será lo mismo la idea de comer un poco de todo de una persona vegana, de una de macrobiótica o de una que sigue una pauta paleolítica, por poner algún ejemplo.

Desde las sociedades cazadoras-recolectoras del paleolítico hemos ido restringiendo la diversidad de plantas y animales que consumimos. José Enrique Campillo en El mono obeso lo explica a través de la Ley del embudo de la alimentación. El primer paso se sitúa en el neolítico, momento en que nace la agricultura y la ganadería. Se seleccionan algunas plantas y algunos animales que se pueden domesticar. Ya con la revolución industrial el embudo se hace mucho más estrecho. Pasamos a la época de los monocultivos intensivos, de los agroquímicos, los aditivos y de las transformaciones.

En los últimos 35 años, los supermercados han triplicado la oferta de productos, pero ¿se trata de una variedad real o ficticia? Son auténticos laberintos de pasillos de procesados y envasados hechos con pocas materias primas, abuso de refinados, grasas “malas” (trans, aceites refinados o de baja calidad) y con muchos añadidos que no nos benefician (azúcar, sal, proteína de la leche , soja, aditivos, conservantes, etc). Podemos decir que son comestibles, pero no son alimentos.

La globalización nos ha conducido a sociedades sobrealimentadas y al mismo tiempo desnutridas, con las consiguientes enfermedades de la occidentalización: obesidad, diabetes, hipertensión, dislipidemia o aterosclerosis. Campillo las llama enfermedades de la opulencia. Comida disponible 24 horas al día y sedentarismo es una mala combinación.

¿Qué debemos comer para estar sanos? Como dice Michael Pollan en El detective en el supermercado es tan sencillo como volver a “comer comida, en su mayoría plantas“.

Hay que hacer un homenaje a la comida de verdad (en especial a las verduras), que los “comestibles” ya tienen suficiente publicidad. La comida real son los alimentos que nos regala la madre naturaleza y que podemos consumir tal cual o con las mínimas transformaciones o cocciones suaves. Hablamos de las verduras, las hortalizas, la fruta, los tubérculos, los cereales integrales (variedades antiguas o sin gluten, el trigo actual no vale), las legumbres, las semillas, los frutos secos, la carne, el pescado y los huevos. Aquí sí que tenemos que buscar variedad.

Es preocupante que si preguntamos sobre la cantidad de productos consumidos durante una semana, entre los adultos solo haya una variedad de unos 50 alimentos / comestibles y entre los adolescentes, de 20. En tribus cazadoras-recolectoras actuales, como los aborígenes australianos de North Queensland, la variedad se sitúa en 240 plantas y 120 animales. ¡Increíble!

Si consumimos productos de temporada ya vamos variando las verduras y las frutas que nos da cada estación y que están perfectamente diseñadas para aportar los nutrientes que necesitamos en esa época del año, pero no todo el mundo sigue esta pauta. Tener disponible cualquier verdura o fruta en cualquier época del año hace que se pierda la noción de la estacionalidad.

Aparte del embudo, la aparición del estudio de la nutrición, las investigaciones científicas y la influencia de la industria alimentaria a través de la publicidad han complicado aún más saber qué se debe comer porque se habla más de nutrientes que de alimentos. Como dice Michael Pollan: “se ha creado una gran complejidad sobre cuestiones muy sencillas”.

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“Durante la mayor parte de la historia, la humanidad ha resuelto qué se debe comer sin el asesoramiento de expertos”, afirma Pollan. Ahora no tenemos ni idea. Nos guiamos por las pirámides, priorizamos los macronutrientes, los micronutrientes, alguna dieta específica, nos focalizamos en los alimentos estrella de moda, etc.

Además, tenemos el peso del telón de fondo de la mala calidad de los productos, los transgénicos, los metales pesados, los tecnicismos incomprensibles y, al final, hay gente que llega a pensar: “es igual lo que comamos porque nada es de fiar”.

¿Qué hemos perdido por el camino? Cultura alimentaria, tradición y, sobre todo, sentido común e intuición.

Tenemos que volver a los mercados o pequeñas tiendas y elegir comida real y de calidad. Es cierto que a priori es menos atractiva, que implica un cierto esfuerzo de cocinar, que no es hiperpalatable, pero es saludable y nutritiva. Es necesario reconectar con la intuición y con el placer por los sabores naturales.

+ Suma uno nuevo a la semana

Con la idea de “comer comida” me he propuesto incorporar un alimento nuevo cada semana y os contaré cómo ha sido la experiencia, junto con un resumen básico de sus propiedades nutricionales y medicinales y cómo se puede consumir.

Y a ti, ¿te gustaría ampliar el abanico de alimentos que comes? ¿Estás cansado de repetir semana tras semana prácticamente el mismo menú? Incorpora a tu dieta alimentos que no has probado nunca, alimentos que no sueles consumir, que quizá no te acaban de gustar, que no son tan habituales, que cuestan de encontrar en las fruterías, que no sabes como cocinar, etc. Apúntate al reto de sumar y comparte tu experiencia con nosotros!

Además, la idea es potenciar que sean de proximidad y reservar la compra de productos de fuera solo en el caso de que tengan propiedades beneficiosas y no haya en nuestro territorio. También es interesante incorporar variedades recuperadas, gran labor de los agricultores ecológicos. Así hacemos honor a la gran variedad de verduras, hortalizas, tubérculos o frutas que han ido desapareciendo de nuestras tierras, de las tiendas y, por tanto, de nuestra cesta.

Demos la vuelta al embudo y ampliemos la variedad de alimentos y, sobre todo, ¡de verduras!

Más información:

  • El mono obeso de José Enrique Campillo
  • El detective en el supermercado de Michael Pollan

 

Lluca Rullan

Periodista y dietista integrativa

  @llucarullan   @llucarullan
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