El pasado 8 de marzo se presentaron en la 15ª Cena Anual de Beneficios del Organic Center, en la feria comercial National Products Expo West de Anaheim (California), las conclusiones resultantes de un estudio fruto de la investigación desarrollada por la Universidad de Virginia en colaboración con The Organic Center sobre agricultura orgánica e impacto ambiental del nitrógeno que utiliza. Dicho estudio muestra que la agricultura ecológica puede ayudar a reducir la contaminación por nitrógeno a escala global. Este estudio complementa uno anterior del Organic Center sobre cómo los terrenos orgánicos ayudan a disminuir el cambio climático.

Un nuevo estudio demuestra que la agricultura bio puede ayudar a reducir la contaminación

El estudio afirma que “la agricultura convencional emite entre el 60-70% del óxido nitroso a nivel mundial” durante el proceso de producción de alimentos. Usa mucho nitrógeno reactivo para sembrar y gran cantidad de éste se pierde en el medio ambiente y, a medida que va circulando, va creando daños ambientales.

En este estudio se ha podido comprobar que, en una dieta convencional, la totalidad del nitrógeno usado para producir esos productos era reactivo nuevo, y, en una dieta basada en productos orgánicos, solo el 33% lo era. El resto usado para hacer crecer las plantas en este tipo de cultivo ya existía y estaba siendo reciclado, concretamente entre el 80 y el 95%. Además, libera un 64% menos de nitrógeno reactivo nuevo al medio ambiente que la agricultura convencional.

¿Cuál es el reto que se nos plantea?

Aprovechar al máximo los beneficios del nitrógeno reactivo mientras se minimizan sus efectos negativos en el medio ambiente y en la salud humana.

Pero, para entender mejor todo este fenómeno, comencemos por el principio.

El nitrógeno, descubierto en 1772, constituye el 78% del aire atmosférico en el que se encuentra en su forma molecular (N2). En la corteza terrestre se encuentra en forma de nitrato sódico o potásico y se comporta como un gas poco reactivo, sin color, olor ni sabor, casi inerte. Es un mineral esencial para las especies vegetales y animales y, junto con el potasio y el fósforo, constituye uno de los tres macronutrientes importantes en la nutrición vegetal. Gracias a él las plantas pueden realizar la síntesis de proteínas, enzimas y vitaminas, y crear sus tejidos. No obstante, en su forma original no pueden asimilarlo, ya que necesitan que se produzca una reacción química llevada a cabo por microorganismos que viven en el suelo o en el interior de plantas como las leguminosas que lo fije del aire al suelo y lo transforme en amoníaco y nitrato, que sí pueden ser asimilados. Gracias a este nuevo formato, vital para la fotosíntesis, las plantas pueden fabricar su propio alimento. Es lo que se conoce como nitrógeno reactivo y, pese a ser el responsable del crecimiento de las especies vegetales y animales, también lo es de un conjunto de reacciones que afectan al medio ambiente y a la salud de las personas, ya que se convierte en nitratos y nitritos. Se trata del ciclo del nitrógeno, que culmina con su transformación por acción de otras bacterias en gas que es liberado a la atmósfera. En la actualidad se emiten al año 15 millones de toneladas de nitrógeno por diferentes fuentes: el 20% por los océanos, el 40% por los suelos naturales, el 9% por fuentes industriales, el 3% por la combustión de la biomasa, el 14% por los residuos del ganado y el 14% por terrenos agrícolas.

Sabiendo esto, ya no nos parece extraño que el nitrógeno sea, en buena parte, responsable de fenómenos tan perjudiciales para el medio ambiente como el cambio climático, la lluvia ácida, la destrucción de la capa de ozono y la creación de zonas muertas, ya que aumenta la proliferación de unas algas tóxicas que consumen el oxígeno del agua e imposibilitan toda forma de vida animal y vegetal.

¿Y esto qué tiene que ver con la agricultura?

Agricultura convencional versus agricultura orgánica

La cantidad óptima de nitrógeno que debe aportarse a un cultivo depende del tipo de cultivo, de la cantidad que presente el suelo donde está ese cultivo en el momento de aplicarlo y del objetivo que se pretenda conseguir. Así, se aplica más o menos cantidad junto con otros productos químicos. El uso de fertilizantes químicos no es inocuo y, usados en exceso, provocan más inconvenientes que beneficios, como pérdidas económicas, problemas de la salud en el consumidor que ingiera esa especie, efectos fisiológicos en la propia especie, proliferación de parásitos y creación de zonas muertas si este excedente es arrastrado por el agua y llega a la capa freática y a corrientes fluviales.

Un nuevo estudio demuestra que la agricultura bio puede ayudar a reducir la contaminación

A esto se le suman otros efectos negativos que comporta la agricultura convencional para el medio ambiente, como la erosión del suelo, que provoca grandes cantidades de polvo que contaminan el aire; salinización al evaporarse las sales minerales del agua estancada, que altera la productividad del terreno; agotamiento de los acuíferos; pérdida de diversidad genética, ya que se tiende a apostar por la variedad que más beneficio económico conlleva; consumo de combustibles fósiles y liberación de gases invernadero, ya que la energía que gasta en producir alimentos consume mucho petróleo y otros combustibles que liberan CO2, además de la quema de bosques y pastizales.

La agricultura orgánica, que podría definirse como “un modo de obtención de recursos del suelo en la cantidad y calidad necesarias sin hipotecar la continuidad productiva de ésta ni erosionar el patrimonio medioambiental” usa, en cambio, procesos biológicos beneficiosos y productos no dañinos porque se eliminan rápidamente y no dejan residuos tóxicos. Técnicas como el control integrado de plagas, el uso de microorganismos del suelo para fijar el nitrógeno atmosférico y producir abono natural (humus), la rotación de cultivos y hacer plantaciones de especies variadas genéticamente preparadas para resistir a enfermedades ayudan a mantener la calidad del suelo y a luchar contra algunas plagas y la erosión del terreno, ya que no se necesitan pesticidas ni antibióticos. Así, el nitrógeno que se emplea es el reciclado obtenido del compost y el nuevo que fabrican las bacterias fijadoras, con lo que se crea un suelo rico capaz de retener el nitrógeno en lugar de dejarlo escapar a la atmosfera.

Fuentes relacionadas: