“Donde llega el sol, no llega la enfermedad”. Con mucha sabiduría, este dicho popular nos define los rasgos de una casa saludable.

En invierno, si no llega suficiente sol en casa, tendremos que recurrir a sistemas de calefacción adicionales. Los sistemas de calefacción influyen en los parámetros de calidad del aire interior (de la que hablamos en el artículo anterior:“También somos lo que respiramos”), como: temperatura, humedad, movimiento del aire, renovación del aire, campos eléctricos, carga electrostática, ruido, ionización y contenidos de partículas. El objetivo es no empeorar este clima.

Para conseguir un “bioclima” interior en invierno podemos seguir las prácticas siguientes:

1-Reducir la necesidad de calefacción aprovechando la radiación solar.

Una casa bien soleada no necesitará abusar de sistemas artificiales para generar calor. Cuanto más sol, menos necesidad de otros mecanismos para calefactar el hogar. Un diseño bioclimático (estrategias de aprovechamiento directo o indirecto de la energía solar) suele beneficiar el clima interior. No se hace tan necesario “artificializar” el clima. Por ello, hay que exigir planificaciones urbanísticas más adecuadas que favorezcan la recepción de luz en los hogares. Pocos de nosotros vivimos en viviendas con estas condiciones y, si lo hacemos, pocas veces sabemos aplicar las estrategias que nos permiten recibir el sol y protegerse de él. Parece más cómodo dejar el trabajo a sistemas artificiales de climatización.

2-Reducir la necesidad de calefacción con el aislamiento térmico de la envolvente exterior.

Un buen aislamiento de las paredes exteriores, ventanas y cristales permite que el calor recibido o generado no desaparezca rápidamente. Cualquier esfuerzo para reducir el consumo será dualmente beneficioso: minimizaremos el uso de sistemas artificiales para calentar y el bolsillo lo agradecerá. La salud, en este caso, también es sinónimo de salud económica. La calefacción tiene un impacto ambiental muy alto; de ahí que sea tan importante hacer inversiones en ahorro energético para reducir el consumo.

3- Elegir una fuente de calor proveniente de energías renovables.

Si utilizamos energías renovables reduciremos la contaminación ambiental, que al fin también es salud. El sistema ideal por excelencia es aprovechar la energía solar directa o indirecta (fotovoltaica, eólica, hidráulica…) A parte, hay sistemas que también aprovechan la temperatura estable de la Tierra: es lo que se llama energía geotérmica, que también está categorizada como fuente de energía renovable. Si no es posible recurrir a una fuente de energía renovable se puede utilizar una fuente de energía vegetal. En muchos casos también se considera fuente de energía renovable. La madera es energía solar almacenada. Si elegimos la madera, mejor que sea de proximidad y proveniente de extracción sostenible. Actualmente hay muchas calderas que funcionan con materiales de este tipo: madera, pellets, cáscaras que provienen del reciclaje de la aceituna, fruta…

La energía más habitual y extendida proviene de la quema de energías fósiles, como el gas ciudad y derivados (gasóleo…) Todos estos sistemas están muy aceptados en nuestra sociedad, pero no nos deberían dejar indiferentes todos los problemas sociopolíticos derivados la explotación del gas, así como los impactos ambientales derivados de la nueva gestión de fracking, por ejemplo. Quizás nos permiten disfrutar de una calefacción cómoda y económica, pero en términos de corresponsabilidad social nosotros siempre preferimos abrir el debate.

4-Sistemas de generación de calor estancos.

Hay que evitar la contaminación del aire interior para monóxidos, hidrocarburos, polvo, partículas en suspensión, cenizas. Por eso son recomendables las estufas y calderas estancas.

5-Utilizar un sistema de transmisión de energía por radiación (mínimo 60%).

El calor se puede transmitir por conducción, radiación y convención. Cuando estamos cerca de alguien o nos abraza podemos sentir como transmite calor por conducción. Cuando estamos al lado de una chimenea o bien cuando sentimos el calor de un rayo de sol, lo notamos por radiación. El tipo de calefacción más saludable es la que nos calienta como el Sol calienta nuestro planeta, ya sea mediante una chimenea, una estufa cerrada, una cocina económica, una estufa rusa, una estufa de inercia, radiadores, paredes y paneles radiantes.

Destacamos la eficiencia de las estufas de inercia y las superficies radiantes. Las primeras tienen un diseño muy preciso de distribución y almacenamiento del calor y las otras generan calor a baja temperatura.

La convección de aire caliente es el sistema más ineficiente y menos saludable. Altera todos los valores de la calidad interior del aire: fomenta la circulación de aire y polvo, combustión de polvo, malos olores, ruidos, aire seco, cargas electrostáticas, condiciones de ionización desfavorables. Generalmente los edificios climatizados artificialmente son motivo de aumento de resfriados, mucosidades resecas, molestias reumáticas, falta de energía, dolores de cabeza, cansancio, irritabilidad, falta de concentración, aturdimiento, piernas cansadas y debilidad circulatoria.

6-Hacer una distribución no homogénea del calor.

En invierno las casas generalmente están calefactadas a una temperatura determinada en todas las estancias, mientras que en el exterior alternamos zonas de sol y zonas de sombras que estimulan nuestro sistema inmunológico y lo refuerzan. ¿Por qué no copiamos este modelo dentro de casa? Seguro que el cuerpo nos lo agradecerá. ¡Lo ha hecho así desde hace miles de años!

7-Hacer una ventilación adecuada.

Muchas veces, por querer hacer un ahorro energético y/o económico no queremos abrir las ventanas cuando es muy necesario ventilar los hogares. El aire se vicia, disminuye la carga iónica, aumenta la carga tóxica si hacemos uso de materiales de limpieza no apropiados… Recomendamos tener un medidor de CO2 para saber cuándo tenemos que ventilar.

8-Hacer un uso eficiente.

Por cada grado de reducción de la temperatura del aire, ahorraremos entre un 5-6% de energía. Los sistemas por radiación son más eficientes. La radiación penetra por la piel y sólo hay una temperatura ambiente de 18 ºC para sentir confort. Una temperatura ambiente más fresca reforzará nuestra salud. Las temperaturas altas nos ablandan y dificultan las respiraciones profundas.

Los hogares de fuegos son muy poco eficientes, con rendimientos que rondan el 10-30%, por lo que se consideran fuentes de calor adicionales. Estar junto al fuego nos da buenas vibraciones por la alta cantidad de iones que se generan, pero estos beneficios se pueden definir así: “La radiación infrarroja y la ionización del aire estimulan el sistema termorregulador y el metabolismo del organismo, intensifican la respiración y el intercambio de gases, constituyen un entrenamiento para toda la circulación, estimulan el sistema nervioso y endocrino y activan las reacciones inmunológicas. Junto al fuego de la chimenea adquirimos conciencia del nuevo concepto de calidad de calor.”* Módulo sistemas de calefacción. Curso a distancia Bioconstrucción. IBN

9-Otros: poco ruidosa, sucia y fácil de limpiar.

Hay un amplio abanico de fuentes de energía, de sistemas de generación y de propagación de calor, pero al fin se trata de artificializar lo menos posible nuestra casa.

 

La energía más adecuada será la más parecida a la energía solar. Ya hemos dicho que lo ideal sería recurrir a las estrategias para diseñar las casas aprovechando la energía del sol, pero cuando esto no es posible, como ocurre en muchas casas de la ciudad o en planificaciones mal ejecutadas de origen, no queda otra opción que hacer uso de otras energías.

Silvia Ferrer Dalmau
Productos para un hogar saludable y eficiente
www.espairene.com