Sólo el 35% de los consumidores de productos ecológicos sabe qué significa el término ecológico, según un estudio del Ministerio de Agricultura. Esto significa que el 65% restante es un público probablemente despistado que puede confundir ecológico con términos como natural, de proximidad, saludable, artesano, casero, enriquecido, tradicional, etc.

Y es que la comida ecológica está de moda, es trendy. Basta fijarnos en el cambio que están haciendo grandes marcas de alimentación y cosmética convencional abriendo nuevas líneas de productos bio sin tóxicos o productos químicos de síntesis; las grandes superficies comienzan a dedicar pasillos enteros a productos orgánicos de todo tipo y lanzan, incluso, líneas nuevas con marcas blancas y eco.

Pero, a pesar de que este crecimiento sea indudablemente positivo, también genera ciertos peligros: la “moda” del consumo eco hace que grandes marcas o pequeños productores o comerciantes intenten despistarnos y confundan a los consumidores con estrategias de todo tipo.

1- Uso de palabras no reguladas

Natural, enriquecido, artesano, sano, milagroso, tradicional, casero, 0%, light, de proximidad, no significa ecológico. De hecho, ninguno de estos términos está validado por ningún marco legal, a diferencia de ecológico (o eco), biológico (o bio) u orgánico, que cuentan con diferentes organismos de certificación oficial pública y privada, como denuncia VSF Justicia Alimentaria Global a la campaña “Mentira podrida“.

2- Uso fraudulento del término eco o los logotipos oficiales

Aunque parezca mentira, a veces pasa. Algunos productores o comerciantes, quizá por desconocimiento (porque se piensan que lo hacen correctamente o porque no son conscientes de la necesidad de una certificación oficial) o quizás por oportunismo, incluyen la palabra eco en sus comunicaciones (los rótulos de las tiendas, en las redes sociales, etc.), a pesar de no tener ninguna certificación oficial, sólo como reclamo publicitario, porque “el logo de la hoja queda bien”, se quejan Roger y Gilad, productores de huerta ecológica certificada por el CCPAE de Aurora del Camp.

Estos son los más difíciles de detectar, por eso lo más recomendable es realizar la compra en sitios de confianza, como tiendas de barrio y puestos de mercado (a quien podamos preguntar y aclarar cualquier duda), a cooperativas de consumo o bien directamente a productores.

Si sospecha de algún caso de uso fraudulento de estos términos o logotipos, se puede preguntar directamente al establecimiento o bien denunciarlo al CCPAE (en este caso, el CCPAE se pondrá en contacto con el productor o establecimiento para pedirle que se inscriba en el registro. Si, al cabo del mes, no lo ha hecho, el caso pasará a fraudes de los Departamento de Agricultura –si es un productor– o a la Agencia Catalana de Consumo –si es un comercio).

3- Productos con sólo un ingrediente eco

Esta trampa se utiliza especialmente en el mundo de la cosmética. Una crema facial con “caléndula ecológica”, con “avena de cultivo ecológico” o con “aloe bio” no se puede considerar un cosmético ecológico si no tiene certificación, porque, probablemente, mezclará este ingrediente bio (minoritario en la composición total del producto: ¡leed la etiqueta!) con otros no permitidos en cosmética eco, por mucho que se resalten sus cualidades en la etiqueta.

4- Cartas de restaurantes con alimentos que son eco y otros que no lo son

Es la versión en el mundo de la restauración del punto anterior. Si sólo la minoría de los proveedores de un restaurante hacen producción ecológica, o si sólo algunos de los ingredientes de la carta o de un plato son eco, no podemos considerar eco todo el establecimiento.

En el mundo de la restauración, existe el sello SlowFood, que otorga la certificación anual “Restaurante Km 0-Slow Food”, que garantiza el compromiso y la tendencia del establecimiento a utilizar productos locales (radio inferior a 100 km) y protegidos. Los platos de proximidad deben ser señalados a la carta con el símbolo “Km0”.

También existen órganos de certificación ecológica privados, como Intereco (con sede en Valencia) o la CAAE (de origen andalús).

5- Logotipos no oficiales

Seguro que los habéis visto por todas partes (mirad la imagen de este artículo, por ejemplo, y veréis distintos diseños no oficiales de productos “sanos”). Diseños de hojas verdes, árboles o raíces no garantizan que los productos sean ecológicos, a menos que vayan acompañadas de logotipos oficiales como los de ECOCERT, el CCPAE o el sello europeo (véase el artículo “¿Qué significan los sellos ecológicos?“).

6- Un único pasillo (o estante) para los productos “de moda”

Esta tendencia está presente a menudo en muchos supermercados que rotulan un pasillo con el término eco y mezclan productos ecológicos, productos gluten free, light, sin lactosa o de dietética convencional. Cuidado, que no todo es lo mismo por mucho que compartan ubicación o estante. Una vez más, toca leer las etiquetas con detenimiento.

7- 0% parabenos, 0% aditivos artificiales, 0% azúcares añadidos, 0% azúcar de palma…

De acuerdo, este champú o este desodorante no contiene parabenos, pero… ¿contiene siliconas? ¿Aluminio? ¿Contiene otros derivados del petróleo tan comunes en productos cosméticos? Muchas etiquetas destacan la falta de un ingrediente o de otro a conveniencia, pero no destacan qué otros no permitidos en la producción eco sí contienen.

 

La lista de las trampas publicitarias de los falsos productos ecológicos, seguramente, podría ser mucho más larga. Pero, sólo con los citados en este artículo, la conclusión a la que llegamos es muy clara: obtener la certificación ecológica del CCPAE o de otros organismos oficiales requiere pasar un control estricto y periódico que garantiza que lo que consumimos es, efectivamente, ecológico.

Sin embargo, también es cierto que algunas producciones pequeñas en la práctica hacen eco y no tienen la certificación oficial, por eso es tan importante establecer relaciones de confianza con los productores o los pequeños comercios, para que nos puedan garantizar el origen y el tipo de producción de todo lo que compramos y consumimos.

Si conocéis otras trampas habituales, os animamos a alargar esta lista dejando un comentario al final de este artículo. Y no olvidéis que la mejor forma de evitar que os den gato por liebre es entrenar la mirada crítica, acostumbrarse a leer etiquetas y, sobre todo, preguntar.

Marta Costa

Marta Costa
Periodista