¿El kéfir: es bueno para los niños?

Las criaturas pueden tomar kéfir de manera regular a partir de los seis meses. «Es cierto que lleva un poco de alcohol, pero en una cantidad muy pequeña, como la que tiene una cerveza sin alcohol», comenta el nutricionista Marc Vergés.

El kéfir es digestivo, regula el tránsito intestinal y puede ayudar en procesos de estreñimiento y en procesos diarreicos, porque es un probiótico excelente que aporta flora digestiva.

Si se macera 24 horas actúa como laxante; si se macera 48 h, como astringente.

La lactosa está bastante disminuida, porque el hongo utiliza este azúcar de la leche para poder vivir y reproducirse. «Sin embargo, los más sensibles pueden notar cierta intolerancia, lo que se ve potenciado por la acidez del producto».

Por otra parte, el kéfir de agua es el más aconsejable para todos. Es más fácil de conservar, no tiene lactosa y no es ácido.

Recomendaciones: se elaborará a temperatura ambiente. Si aún no lo queremos hacer, debemos guardarlo en la nevera.

Para hacer el kéfir de agua: debemos coger agua, azúcar integral, un limón y seis higos secos. Podemos prescindir del agua y del azúcar utilizando zumos de frutas de manzana, uva o pera, y también podemos cambiar los higos por dátiles o ciruelas −efecto más laxante− o pasas. Todo depende del gusto de cada uno.

Las hijas de Antonia Giménez eran pequeñas. «Debían tener ocho y seis años, respectivam ente, cuando una mujer del barrio me regaló kéfir», recuerda Antonia. «Con esta vecina nos saludábamos, hablábamos de vez en cuando, y siempre me contaba que su padre preparaba kéfir de leche, y que estaba muy rico».

Un día, la vecina regaló a Antonia el hongo de kéfir de leche, una masa blanca, similar a un trozo de coliflor, y han convivido más de veinte años. Ha regalado trozos de kéfir a otras familias, a amigas, a la hermana, a la suegra. Todo el mundo que lo prueba quiere más. «También es verdad que me he dado cuenta de que hay quien dice que le da pereza prepararlo, y que prefieren comprarlo directamente», dice Antonia, que trabaja en la tienda L’Espígol de Vilanova i la Geltrú.

Ella y sus hijas, de 28 y 26 años, optan por prepararlo en casa. «Compramos leche fresca y la añadimos al hongo, el kéfir, en un frasco de vidrio. Lo dejamos reposar dos días, porque nos gusta que quede más espeso». Pasado este tiempo, lo cuelan con un colador de plástico y con la ayuda de una cuchara de madera, y lo ponen en vasos de vidrio. Se lo beben por la noche. Es como una leche espesa, como un yogur más líquido. «A veces ponemos un poco de azúcar integral; otros, nada más».

La gracia del kéfir es regalarlo, continúa explicando Antonia. «El otro día, una chica me contó que a su prima le habían detectado cáncer, y que le habían recomendado que lo tomara. Yo le preparé unos nódulos de kéfir porque se los llevara».

Antonia recuerda cuando viajaba con las niñas pequeñas: iban todos juntos y el kéfir. «Era un miembro más de la familia; nos acompañaba a todas partes, porque nos gustaba preparar la bebida de leche a nuestro gusto allí donde fuéramos».

Hace años, Antonia también había tenido kéfir de agua, al que se añadía agua, frutos secos (dátiles o higos), medio limón y azúcar, y quedaba como una bebida gaseosa. «Era muy bueno, sobre todo muy sabroso de tomar en verano». Quizás un día alguien se lo vuelve a regalar, porque se le rompió el frasco de vidrio donde lo guardaba y ya no pudo usarlo más.

Trinitat Gilbert
Trinitat Gilbert

Periodista

  @trinigilbert