Fork, knife and spoon isolated on white background

Pasa a menudo. Parece que los niños tienen agujeros en las manos. Les dais la comida, y se les cae al suelo. Y aparece el dilema: ¿Qué se debe hacer? ¿Qué es lo correcto?

En los EEUU, los padres cuentan los segundos que la comida ha estado en contacto con el suelo. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. Si son menos de cinco, ningún problema: ¡A comer!

Ahora bien, si supera los cinco segundos, ya no se puede comer. “Es la teoría de los cinco segundos” dice el periodista Antonio Ortí. Nació en el continente americano y ha llegado hasta aquí, sin embargo, ojo, “es una teoría falsa”.

Hago la consulta a la Agencia Catalana de Seguridad Alimentaria (ACSA) y la respuesta es clara. “Hay que aplicar el sentido común”, dice Victòria Castell. “Si se ha caído una galleta en el comedor de casa, y el suelo está limpio, pues no pasa nada”. Ahora bien, si se cae en la calle, “mejor tirarla, porque no conocemos la historia higiénica de cada calle”. Da lo mismo cuánto tiempo haya estado en el suelo.

Me dirijo a la Universidad Autónoma de Barcelona. La catedrática de Higiene e Inspección de los Alimentos Maria Teresa Mora especifica que los padres se deben fijar en el suelo de casa. “Si hay pisadas y agua pisada, si también hay animales que pasean por allí, entonces cuidado”.

Si lo que ha caído es un alimento húmedo, como los embutidos, la carne o el pescado, se debe lavar con agua potable. En cambio, si se trata de un alimento seco, como una galleta o un trozo de pan, quizá soplando será suficiente, siempre que se haya comprobado que cómo está el suelo.

“Entiendo que el miedo es por las bacterias, pero hay que decir que las bacterias están por todos lados, y que algunas también son buenas, como las de los yogures, el pan, la cerveza, el queso. Es decir, en las comidas fermentadas o hechas con bacterias y levaduras”. Ahora bien, hay bacterias que pueden causar una gastroenteritis o un dolor de estómago, que son las que puede haber con la contaminación fecal. “Si la comida ha sido pisada por unos zapatos que habían estado en estercoleros o en aguas residuales, se pueden propagar las bacterias fecales”.

Así pues, lo primero es aplicar el sentido común. Después, observar el suelo y la comida. Si es una galleta o pan (alimento seco) y la superficie está limpia porque es el suelo de casa, por ejemplo, se sopla y listos. Si es un trozo de embutido u otro alimento húmedo, y el suelo está sucio o pegajoso, no es preciso tirarlo. Según la catedrática de Higiene y de Inspección de los Alimentos, se puede salvar gracias a un buen chorro de agua potable. Ahora bien, en la calle, donde no sabemos qué ha pasado ni lo que ha habido, la ACSA recomienda prudencia absoluta y, ante la duda, rechazar el alimento.

Reaprovechando al máximo la comida

De las zanahorias solo comemos una parte, la otra, las hojas, la tiramos. Y lo mismo pasa con las alcachofas, los puerros, los ajos tiernos o incluso con las hojas verdes de las lechugas, las escarolas y las hojas exteriores de los brécoles y coliflores. Por otro lado, los platos de pasta, los arroces o las legumbres que han sobrado también tienen otras utilidades reconvertidos en platos nuevos. Irene Gelpí, autora del libro A la cuina, tot s’aprofita (‘En la cocina se aprovecha todo’) da los trucos para cocinarlo todo y no tirar nada.

¿Cuándo tenéis la escarola y la lechuga en las manos, qué hacéis con las primeras hojas verdes? ¿Tirarlas? “Qué lástima, porque son las hojas a las que más les ha tocado el sol, las que tienen más calcio y más hierro, y además están muy buenas pasadas por la sartén, en tortillas, como verdura, para hacer caldo o convertidas en crema”, detalla Irene Gelpí, dietista y nutricionista. Crudas son amargas, sí, es cierto, pero no por eso se deben tirar directamente, porque pueden estar sublimes. La crema de lechuga es fácil de preparar. Se hierven las primeras hojas con agua mineral, se trituran, y se añaden unos dados de queso. Y ya tenéis un primer plato nutritivo. ¿Cómo se condimenta? Con sal, sí, pero Irene propone otra idea. Se mete la piel de los calabacines  en el horno hasta que queden crujientes. Después, se secan y se convierten en harina para crear una especie de sal de calabacín muy perfumada, ideal para ensaladas, cremas o para los platos que queráis.

Trinitat Gilbert
Trinitat Gilbert

Periodista