“No hay un estándar único, porque la normalidad es muy amplia”, afirman las pediatras Carmen Monzón, Gemma Baulies y Amalia Arce.

pomelo

Cuando los niños empiezan a comer sólido, y, por lo tanto, incorporan fruta, verdura, proteínas animales y otros a la dieta, la consistencia y el color de las heces varían. Aún así, “los puntos correctos serían que tuvieran forma de churro, y que no estuvieran ni muy duras ni muy secas”, continúan.

Una caca que no es buena sería la desligada, la que huele muy mal, la que tiene forma de bolitas como la de las cabras (que indica estreñimiento), la que contiene moco o la que tiene trozos enteros de lo que se ha comido. “Para mejorar, la alimentación tendría que ser rica en fruta y verdura, porque, además de las vitaminas que aportan, tienen fibra, que ayudará tanto a la frecuencia como la consistencia correctas”.

De hecho, la importancia de unas heces adecuadas es que permiten comprobar si se están absorbiendo los nutrientes de lo que se come. “Una vez al día, como mínimo, está bien, pero también es estándar que hagan tres veces al día”, sostiene Monzón. Y algunos hacen un día sí y un día no.

Otra historia son las heces de los lactantes, que son constantes, y que pueden hacer acto de presencia incluso después de cada toma. “Son cacas líquidas y muy amarillentas”, indican las pediatras.

Otra muy diferente es la primera de todas, el llamado meconio, que hace el recién nacido. “Es oscura, mocosa y contiene las células intestinales; por eso es importante que la hagan el primer día”, dice la pediatra Gemma Baulies.

Baulies añade que las heces tampoco tienen que ser extremadamente duras, “porque les pueden acabar haciendo daño, y podría aparecer una fisura”. Es entonces cuando se entra en un círculo cerrado: el niño no quiere hacer porque recuerda que le hacen daño.

Por su parte, el psiconeuroinmunólogo Xevi Verdaguer asegura que las heces infantiles (cuando ya comen sólido) comparten patrones con las adultas. “Tiene que ser un churro de color marrón claro, y se tiene que hundir dentro de la taza, de forma que algunas veces ni siquiera se ve porque ya se ha ido para abajo”.

En cambio, que flote indica que no hay una buena digestión porque falta bilis, que se encarga de digerir las grasas, “pero en los niños no es nada habitual que pase”, porque la bilis tiene una relación muy estrecha con las hormonas, y los niños no tienen hasta los trece o catorce años. “Las heces que flotan acostumbran a ser habituales en mujeres que tienen estrógenos en exceso en la sangre, y que, a su vez, generan por el estrés, por el exceso de café, entre otros”, sigue Verdaguer. Para hacerlo más gráfico, el psiconeuroinmunólogo compara las heces que flotan con el aceite que se pone en un vaso de agua.

Las heces deshechas de los niños pueden ser una señal de intolerancia a algunos alimentos –“la de la lactosa es la más habitual”– o, sencillamente, pueden decirnos que algo no le ha sentado bien. “Cuando no hay una buena absorción de lo que se come, se acelera el tránsito intestinal, porque el organismo quiere sacar del cuerpo la sustancia patógena”, concluye.

Trinitat Gilbert
Trinitat Gilbert

Periodista