Estrés, insomnio, malestar, dolor de cabeza, malas digestiones… Seguro que muchos de vosotros tenéis temporadas en las que sentís alguno de estos síntomas, pero estáis acostumbrados a ello, así que tampoco hacéis nada (o no tenéis tiempo de hacer nada) para solucionarlo. Somos animales de costumbres y, al igual que nos acostumbramos a lo bueno, también lo hacemos a lo malo. Mucha gente se siente igual año tras año y considera que ese es el estado natural de su ser, pero no es cierto: uno no ha de encontrarse mal, nervioso o dormirse a las tres de la mañana simplemente por ser así, porque nadie es así; todo el mundo tiene la capacidad de hacer un cambio en su vida para sentirse mejor en todos los aspectos.

El estrés y el insomnio son dos aspectos que afectan a un porcentaje bastante elevado de la sociedad; sobre todo el primero, que suele, en muchas ocasiones, estar directamente relacionado con el segundo. Por eso, comprender qué es el estrés es importante para saber cómo lidiar contra él antes de que nos genere algún inconveniente.

¿Qué es el estrés?

Nuestro sistema nervioso, encargado de controlar las funciones del organismo, se divide en sistema nervioso central y sistema nervioso periférico. Este último, a su vez, se divide en sistema nervioso somático y sistema nervioso autónomo, el cual, a su vez, se divide en sistema nervioso simpático y sistema nervioso parasimpático. Los dos últimos son los que ahora nos interesan, ya que el estrés influye directamente sobre el sistema nervioso autónomo.

El sistema nervioso simpático se encarga de preparar al cuerpo para la acción. Y ¿eso qué quiere decir? Que, cuando este se active, también lo hará nuestro organismo: aumentará la frecuencia respiratoria, la cardíaca, la presión arterial, liberará adrenalina, se nos dilatarán las pupilas y la actividad digestiva se verá disminuida, entre otras cosas; lo contrario que hace el sistema nervioso parasimpático, que se encarga de controlar la recuperación y relajación una vez el sistema nervioso simpático deja de trabajar.

El estrés tiene como propósito prepararnos para responder ante estados de emergencia. Esto viene desde nuestros antepasados, quienes se enfrentaban día tras día a amenazas físicas. En esos momentos, el cuerpo se preparaba para huir o pelear, de modo que se activaba el sistema nervioso simpático y se generaba un aumento de la cantidad de energía y fuerza muscular y nos mantenía alerta y despiertos para poder combatir de forma adecuada. Una vez desaparecida la causa que provocaba el estrés, se activaba el sistema nervioso parasimpático y el cuerpo podía descansar.

El problema actual es que el sistema nervioso sigue trabajando como siempre, pero, sin embargo, las causas del estrés han cambiado. El estrés al que nos enfrentamos actualmente ya no es para huir o pelear, es el de lidiar con presiones laborales, cuestiones familiares, problemas económicos, falta de tiempo y otros estados emocionales. Estas nuevas razones provocan que el sistema nervioso simpático se active y se mantenga en el tiempo durante un periodo prolongado en el tiempo, lo que genera que, a la larga, el organismo se acabe desequilibrando y se dañe.

El problema de mantener el estrés en el tiempo

Como bien hemos mencionado, el estrés es necesario, ya que nos ayuda en situaciones de emergencia y nos mantiene en estado alerta. Sin embargo, este estrés no desaparece en un periodo corto de tiempo, si no que se mantiene durante largas temporadas. Este estado constante de tensión tiene consecuencias que pueden tener efectos realmente negativos a la larga.

  • Entre ellos se produce envejecimiento celular. Las células son las responsables principales de la salud. Si están mal, nosotros también lo estaremos, así que cuidarlas debería de ser una de nuestras labores diarias. Las células emplean la mayor parte de su energía en renovar y crear tejidos nuevos. Por desgracia, esto deja de suceder en situaciones de estrés, ya que el cuerpo descompone los tejidos en su búsqueda constante de energía para lograr mantener al cuerpo en ese estado. Esto provoca que las células vayan envejeciendo de forma paulatina.
  • Problemas con el sistema cardiovascular y el corazón. Un estrés mantenido se relaciona con hipertensión, colesterol elevado, accidente vascular cerebral e infarto de miocardio, entre otros.
  • También afecta al sistema inmunológico, ya que debilita las defensas y nos predispone a desarrollar enfermedades o retarda el proceso de curación de heridas.
  • Tiene efectos sobre la memoria. Diversos estudios han observado que el estrés mantenido durante el tiempo disminuye el tamaño de la zona cerebral responsable de la memoria.
  • Y, efectivamente, influye sobre el aparato gastrointestinal, ya que afecta negativamente a la flora intestinal o provoca alteraciones como la diarrea, dispepsia o estreñimiento. Seguro que muchos de vosotros habéis sentido este tipo de cambios antes de un examen, una presentación o cualquier acontecimiento que os generara un mínimo de tensión.
  • Además, como hemos mencionado antes, suele favorecer el cansancio durante el día y alterar el patrón de sueño.

Entonces, si no queremos padecer estas consecuencias, ¿cómo podemos controlar el estrés y lograr descansar?

  • Aprendiendo a expresar las emociones. A veces, guardarnos cosas puede provocarnos malestar. Hablar con amigos, familiares e incluso con completos desconocidos sobre lo que nos altera puede ayudarnos a disminuir la carga.
  • Con técnicas de relajación como mindfulness o meditación o prácticas como el yoga.
  • Aprendiendo a relativizar los problemas, que, muchas veces, ni siquiera son reales.
  • Dedicándonos tiempo a nosotros mismos, a estar con nuestros seres queridos, a encontrar un hueco para realizar aquella actividad que nos ayude a desconectar y a ser felices.
  • Practicando ejercicio físico, ya que, además de ayudar a reducir el estrés, produce endorfinas y genera relajación y bienestar.
  • Alimentándonos de forma coherente con nuestro estilo de vida y salud y rebajando los estimulantes o cualquier tipo de tóxico que pueda generarnos malestar.
  • Eliminando tóxicos, como tabaco y alcohol.
  • Tomando suplementos o complementos naturales a base de plantas u otros extractos que nos ayuden a bajar el ritmo y, en consecuencia, a descansar mejor.

La rodiola

Complementos naturales

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