Muchas mujeres que consultan por alteraciones relacionadas con el ciclo menstrual ya tienen un
diagnóstico —endometriosis, síndrome ovárico metabólico poliendocrino, adenomiosis, miomas,
síndrome premenstrual…—, pero sienten que todavía no han encontrado un abordaje que les permita
entender qué está ocurriendo y trabajar el problema de una forma más global. Otras, en cambio,
llevan años conviviendo con dolor, sangrados abundantes, ciclos irregulares, amenorrea o síntomas
premenstruales sin saber exactamente qué les pasa.
Y con demasiada frecuencia, ante síntomas y situaciones muy diferentes,
la respuesta terapéutica termina siendo la misma: anticoncepción hormonal.
Los anticonceptivos pueden ser una herramienta terapéutica útil en determinadas situaciones, pero
no deberían sustituir una buena evaluación de la causa
o de los mecanismos que hay detrás de cada alteración menstrual.
Porque no es lo mismo tener ciclos irregulares por un síndrome ovárico metabólico poliendocrino que
por una baja disponibilidad energética; ni un sangrado abundante por un mioma que por una alteración
ovulatoria; ni un dolor menstrual secundario a endometriosis que una dismenorrea primaria.
El síntoma puede parecer el mismo. La fisiopatología que hay detrás, no.
Y por eso el abordaje tampoco debería ser siempre el mismo.